Las cámaras se adentran en el misterio de la cueva de los Tayos
Tres documentales filman en las profundidades de la Amazonía ecuatoriana para mostrar las incógnitas de la gruta
La cueva de los Tayos (Morona Santiago, sureste de Ecuador) sigue siendo la obsesión de muchos exploradores que pretenden encontrar en ella la respuesta al enigma de los colosales bloques que conforman sus paredes y algunos de sus techos. Hasta el propio Neil Armstrong formó parte de la gran expedición que en 1976 se adentró en la Amazonía ecuatoriana. El interés por la gruta continúa vigente y tres documentales se zambullen en sus misteriosos túneles para tratar de arrojar luz sobre la incertidumbre.

La formación de la cueva data del 3.500 a. C. según la única investigación reconocida como científica por la arqueología ecuatoriana, llevada a cabo por el padre Pedro Porras en 1978. Y se considera que en torno al 1.000 a. C. fue poblada por primera vez. No obstante, los indígenas shuar, que habitan los alrededores, siguen bajando para recoger los huevos de los tayos, aves que viven en la gruta de más de 16 kilómetros de longitud y de las que esta recibe su nombre.
“Llegar hasta allí no es nada sencillo. Tienes que bajar haciendo rápel unos 87 metros verticales hasta un primer nivel y otros 25 hasta el inicio de los túneles”, cuenta el documentalista español Juan José Revenga, que ha rodado allí su última producción, presentada este jueves en el Museo de América de Madrid. “Negociar con los shuar no es nada sencillo”, apunta Revenga. Son ellos quienes cobran el peaje por llevar a los visitantes a la gruta y quienes imponen las condiciones.
Revenga se dispuso a hacer el documental tras tres intentos previos en los que los shuar le llevaron a otras cavidades. “Estamos hablando de uno de los mayores misterios de la humanidad. Lo que allí se encuentra no existe en otros lugares del planeta”, afirma. “El viaje hasta allí es mortal. La caída es como la boca del infierno, pero después de cinco días para llegar a través de la selva, la única opción era bajar”, cuenta aún con magulladuras tras adentrarse casi 11 kilómetros en la misteriosa cueva.
Otras dos producciones ecuatorianas sobre la cavidad están ya en postproducción. Una de ellas es la del documentalista local Galo Semblantes. Desde hace tres años sigue los pasos que dieron los exploradores extranjeros y ecuatorianos que llegaron a la cueva de los Tayos buscando el enigmático tesoro y se dejaron la vida haciéndolo. “Si no hubiera gente que quisiera hallar un tesoro, nunca exploraríamos lugares como este. No puedo probar que encontraran algo, pero quisiera creer que hay algo”, dice Semblantes. Parte del trabajo fue hacer dos expediciones en el interior de la gruta, donde constató la existencia de impresionantes galerías que hicieron nacer el mito de que había una ciudad subterránea.
El segundo documental en producción está dirigido por el catalán Miguel Garzón, que reside en Ecuador desde hace varios años. Su proyecto retrata el presente de la cueva e invita a la reflexión. “Nos preguntamos por qué despierta tantas pasiones, pero además de repasar los hitos de la leyenda, queremos saber qué representa hoy, ver qué significa para la gente que aún la visita”, dice el cineasta. Parte de los retratados son los miembros de la secta Misión Rahma, que mediante meditación dicen comunicarse con extraterrestres. “Lo nuestro es una reflexión entre las dos polaridades de la cueva: la científica y la esotérica”, concluye Garzón.
La leyenda recae en los grandes bloques que conforman algunas de las salas y en unas misteriosas láminas de metal grabadas con escritura ideográfica de las que hablaban el investigador húngaro-argentino Juan Moricz, en los años sesenta, y el salesiano italiano Carlos Crespi Croci, que recorrió la zona desde los años cuarenta y compró a los indígenas shuar algunos objetos que supuestamente sacaron de la cueva, entre ellos las láminas. Desde su muerte en 1982, nada se sabe de ellas, solo el testimonio de algunas instantáneas de Crespi con los objetos.
A día de hoy, no existen pruebas fehacientes de la veracidad de esa biblioteca metálica. Lo único que se conserva de la cueva y que reposa en la Universidad Católica de Quito son varias piezas arqueológicas y restos de una concha spondylus, que era especialmente valiosa para las culturas primitivas de la costa ecuatoriana.
Falta de exploraciones modernas
La especialista en Etnografía Beatriz Robledo asegura que “no ha habido investigaciones actuales que corroboren las interpretaciones que se dedujeron de esos objetos”, por lo que aconseja “precaución”. No obstante, la cueva “es muy importante culturalmente para los shuar, está fuertemente ligada a la presencia de sus ancestros y allí se celebran ritos de paso y pruebas de valor para la captura de los tayos. De sus fémures se realizan unos elementos de adorno (tayo cunchi) que se convierten en objetos de prestigio dentro de la comunidad”.
“Igual que ocurre con otras manifestaciones culturales americanas, quizás el caso más conocido es el de las líneas de Nazca, hay cuestiones sin resolver. Existen planteamientos científicos y otros que van más allá, por lo que hay que esperar una exploración científica con los criterios que tenemos actualmente”, concluye Robledo.
Hasta entonces, los tayos seguirán surcando los recovecos de la cueva, compartiendo sus secretos con arácnidos, gramíneas que crecen en la oscuridad y los grandes bloques cuadrados que fascinaron a Neil Armstrong a su regreso de la luna y que aún hoy respetan los shuar.
Fuente: http://cultura.elpais.com/cultura/2016/05/05/actualidad/1462462690_716342.html

 

 

Fran Recio (18-3-2017)